Cualquiera que haya intentado cruzar Santo Domingo en hora pico conoce la sensación: un trayecto que en el mapa toma quince minutos se convierte en una hora de bocinas, motores encendidos y semáforos que no alcanzan a vaciar la fila. No es una percepción exagerada. Es la consecuencia previsible de haber construido una ciudad alrededor del carro particular durante décadas, y de intentar corregirlo ahora con soluciones puntuales que no siempre conversan entre sí.
Infraestructura sin integración
En los últimos años, el país ha invertido sumas considerables en el Metro, el Teleférico y corredores de autobuses. Son obras necesarias y, tomadas una por una, bien ejecutadas. El problema es que siguen funcionando como islas: un pasajero que combina Metro, motoconcho y autobús para llegar a su trabajo todavía paga por cada tramo por separado, con horarios que no siempre coordinan entre sí. La promesa de una tarjeta única que integre tarifas y trasbordos lleva años anunciándose y todavía no termina de materializarse en la práctica diaria de la mayoría de los usuarios.
El costo que no se ve en los anuncios
Cuando se presenta una nueva línea o un nuevo corredor, la cifra que se destaca es la inversión en concreto y acero. La que casi nunca se menciona es el costo de oportunidad: las horas que un trabajador pierde cada semana en el trayecto, el combustible que se quema en filas que avanzan a paso de tortuga, la productividad que se diluye antes de que empiece la jornada laboral. Ese costo lo asume cada familia de forma individual, mientras la conversación pública sigue centrada casi exclusivamente en la obra física.
Lo que sí ha funcionado
No todo es diagnóstico sombrío. El Teleférico de Los Alcarrizos, por ejemplo, ha demostrado que una solución bien ubicada puede recortar trayectos que antes tomaban más de cuarenta minutos. La lección ahí no es que el cable aéreo sea la respuesta universal, sino que la inversión funciona cuando se diseña a partir de cómo se mueve realmente la gente, no de dónde es políticamente más visible construir.
La pregunta pendiente
El debate sobre movilidad urbana en Santo Domingo no debería medirse solo en kilómetros de riel inaugurados, sino en una pregunta más incómoda: ¿cuánto de su día le devuelve cada nueva obra a quien la usa todos los días? Mientras esa pregunta no tenga una respuesta medible y pública, seguiremos celebrando inauguraciones mientras el tráfico, para la mayoría, sigue exactamente igual.

